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Sacar partido a nuestras diferencias

Sacar partido a nuestras diferencias

El otro día leí un inspirador artículo de un buen amigo, Liberto Pereda, en su blog, sobre las bondades del círculo, como un espacio de encuentro y de organización, integrador y diferente.

Me hizo pensar que me gustaría seguir ahondando en esta idea, por aquéllo de encuentro, de integrar y de difernente: ¿qué manera tenemos de aprovechar nuestras diferencias y sacarles el mejor partido? No me refiero a diferencias como la lengua, nacionalidad, cultura, edad, género, es decir, diversidad, sino a algo que nos sucede a todos por igual, pero que nos hace estar diferentes en cada momento.

Encuentro que yo misma soy distinta de la que era hace 10 ó 20 años; y me imagino que seré distinta a la que tendrá 50, 60, 80 o 90 años, si llego a tanto, con un poco de suerte. Pero que incluso, a lo largo del día, me encuentro en momentos distintos: al levantarme por la mañana tengo sueño, luego estoy más despierta, luego tengo energía, luego me siento cansada. O a veces, por lo que sucede a los de mi alrededor, noto como mi estado de ánimo varia : una reunión sale bien,  un familiar viene con una noticia difícil,  entras en un atasco de tráfico, lees la prensa, un amigo te habla de su enfermedad, o de que ha ganado un negocio, o de que vuelve de un gran viaje, o de que en su empresa  han empezado un ERE…. Este «estado» de ánimo se ve afectado por los sucesos; en mi caso cómo los interpreto y por las relaciones con las otras personas y sus «interpretaciones»  de sus momentos.

Si multiplicamos los 6,5 mil millones de personas, por los 1440 minutos que tiene un día, tenemos una cifra astronómica de variedad, de variabilidad (9,3 elevado a 12), entendiendo que podemos cambiar de ánimo a cada minuto, contagiados por un suceso de nuestra vida, o según nuestros niveles de energía. Aquí es donde está el verdadero juego de la vida: una variabilidad incesante.

¿Cómo es posible por tanto creer que podemos mantener un mismo estilo de comunicación, o de liderazgo, con todos los de nuestro entorno a la vez, y además estar convencidos de que será efectivo? ¿Y más aún , qué cantidad de matices estamos perdiendo por mantener un único enfoque, una manera de comunicarnos unidireccional cuando nos dirigimos a un grupo de personas? ¿Qué tiempo se ahorra con esto? ¿Cómo sería nuestra comunicación si comprendiéramos al otro en su estado de ánimo y en su nivel de energía?

Si a esto añadimos que el momento vital es inmensamente variado para cada uno de nosotros: En un mismo minuto, en la misma ciudad, puede haber alguien riéndose a carcajadas, o viviendo una historia de amor;   o alguien puede estar muriendo; alguien puede estar alumbrando un bebé, alguien divorciándose, alguien entrando en prisión…

El mismo momento tiene 6,5 mil millones de estados vitales diferentes en el mundo, tantos como personas-biografias, y cada estado puede dar lugar a una interpretación de un mismo hecho muy distinta: no es lo mismo ver un nacimiento desde la infancia, que desde la enfermedad, o desde los ojos del profesional en el hospital, o de los de la señora de la limpieza del hospital…

Incluso aquéllos que creen que los de fuera no deberían compartir un mismo espacio con los de toda la vida, se encuentran, a poco que se interioricen, con que son diferentes unos de otros en cuanto a sus momentos vitales, y entre ellos mismos, incluso uno, consigo mismo, es distinto a lo largo de un día. ¿Por qué entonces insistir tanto en la homogeneidad, si no existe? ¿Por qué se crean estructuras homogeneizantes, jerárquicas, para organizarnos si es imposible contener la diversidad vital, mental, emocional de todos nosotros? ¿Por qué no admitir que necesitamos espacios incluyentes, porosos, empezando por aceptar nuestra propia variabilidad y diversidad?

De igual manera, creo que sólo es posible entenderse con otro cuando uno quiere hacerlo, y un buen líder o un buen comunicador necesita ser sensible yaceptar que cada persona entenderá y reaccionará en un grupo según su capacidad,según su momento. Sólo es posible  escuchar una vez, como decía el poeta, porque lo demás es irrepetible, ya ha cambiado. Sólo es posible entenderse desde posiciones en las que todos admitimos nuestra constante diferencia,  como la del círculo, en un espacio abierto, capaz de mantener nuestra inevitable y fluida evolución y de integrar todas las diferencias para crear desde ellas algo con sentido.

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